El atroz magnicidio de Puntarenas 4: dos vergonzosos crímenes de Estado

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  • Cuarta de cinco entregas del capítulo 16 del libro El lado oculto del Presidente Mora, del académico y escritor Armando Vargas Araya (Eduvisión, 2010).


XVI

El atroz magnicidio de Puntarenas


Vencido, el ex Presidente Mora confía en la palabra de honor de sus perseguidores que invocan a Dios en un falso juramento. El domingo -por medio del vicecónsul inglés y en compañía de su hermano el general Mora- se entrega a las nueve de la mañana para salvar a los suyos. Lleva dos días en vela, sin ingerir bocado, agua si acaso. Guarda la compostura y demuestra grave serenidad. “La excitación es intensa [entre los puntarenenses] cuando corre la noticia de que Mora está preso”, reporta un periódico extranjero. Lo encalabozan en el cuartel de la Aduana o de la Punta. Quedan seis horas para el atroz magnicidio.

Inmediatamente se simula una corte marcial que debe contar con cinco generales porque él es Capitán General por Ley de la República. Como solo hay dos, se da de alta en el servicio militar a los comisarios civiles y, en el acto, se los asimila al generalato, igual que se hace con un coronel. ¿Registra la historia militar del mundo ascensos tan vertiginosos? La desvergüenza resulta macabra. Es, en la jerga forense de los ingleses, una “kangaroo court” o corte canguro, un remedo de tribunal que envilece los principios del Derecho y de la Justicia. Los cinco hacen que deliberan y, ausente él sin oportunidad de defenderse, al mediodía dictaminan, de manera asaz informal, aplicarle la pena máxima: será ejecutado en tres horas. ¡Es un asesinato de Estado!

No le permiten hablar con nadie, excepto con uno de los “jueces” que le ofrece -cuánta malignidad- “bajo su palabra de honor, cuidar de la educación de Albertito”, su hijo de cuatro años. Antes de dirigirse al cadalso, a las dos de la tarde recibe la absolución y es confortado con auxilios espirituales: “Sincero y buen católico en vida y en muerte”, dice el obispo e historiador Víctor M. Sanabria, “no quiere comparecer ante el tribunal de Dios, sin haber arreglado los negocios de su conciencia”.

“Estoy sentenciado a muerte y tengo poco tiempo que perder”, avisa a su hermano Miguel y a sus cuñados, a quienes les encomienda a doña Inés y a sus hijos: “No temo el lance; que venga la muerte que es el término de las desgracias mundanas. […] Dios recibirá mi alma y tendrá misericordia de mí. […] Les ruego que aun a los que me sacrifican, los perdonen como yo los perdono”.

Apenas si le queda tiempo de escribir a su señora esposa:

“Mi siempre idolatrada Inesita. […] Nada temo solo me inquieta la triste situación en que quedas viuda, pobre, en el destierro y llena de hijos. Te encargo mucho la educación de mis hijos. […] Cuida de nuestros hijos y háblales siempre de su desgraciado padre, para que jamás se mezclen en la política porque ella es un verdugo que destroza a sus seguidores. […] Recordarás que yo tenía mis motivos para tener tanta repugnancia para invadir este ingrato país y que lo hice instigado por los que me han sacrificado. Dios les perdone como yo les perdono. […] Dios quiera que […] con mi sacrificio todo se acabe, y vuelva la paz y el progreso para estos pueblos desgraciados. Cañas y José Joaquín no corren peligro, a lo menos así me lo han asegurado. No puedes figurarte lo indiferente que me es morir, solo siento la muerte por ti y por mis hijos. […] Va el último beso para mis hijitos. […] Muero como cristiano y confío en Dios que me perdonará mis culpas y que cuidará de ti y de mis hijos. […] Pidan a Dios por esta víctima de pasiones ajenas. […] Adiós, adiós y adiós a mis hijos - tuyo, tuyo hasta el último momento”.

Cambia unas pocas palabras de despedida con su hermano José Joaquín. Estoico, camina por el Callejón del Estero hacia el patíbulo. Hay nobleza de alma y ecuanimidad extraordinaria en los largos minutos terminales del grande hombre. El sitio de la muerte es donde se alza un árbol de jobo. Los tambores redoblan bajo los rayos calcinantes. En el instante solemne, pide morir de pie, de cara al sol, sin venda en los ojos y ruega que le apunten al corazón. No hay un costarricense con agallas para dar la orden de disparar, que es dicha por un extranjero. La fatal condena se ejecuta a las tres de la tarde del día final de setiembre. Su cuerpo se desploma, la arena se tiñe de rojo, la Patria se mancha por siempre. Acribillado, el Héroe todavía “muestra señales de vida, un oficial lo remata con un disparo de revólver en la cabeza”.

“Es la página más negra en la historia de Costa Rica”, dice el humanista Eugenio Rodríguez Vega. “Todavía la recordamos avergonzados”.

De entre los muchos que presencian la inmolación -populacho alcoholizado tras jornadas de desenfreno-, y a la seña de un uniformado, salta una chusma que se abalanza sobre el cadáver del Prócer para tirarlo al mar; la gentuza recula ante la airada voz del cónsul galo, Jean Jacques Bonnefil, que envuelve y protege con el pabellón tricolor de Francia el cuerpo sangrante del Capitán General y Benemérito de la Patria. Al ocaso, lo coloca en una barca y boga, solitario con el difunto, al otro lado del estero donde lo sepulta en un lugar recóndito.

Esa misma tarde de ignominia, el general en jefe de la inhumana cacería da cuenta al implacable adversario en San José sobre el fusilamiento. El régimen “aprueba todo lo practicado”. En cuanto al general Cañas, “de acuerdo con un numeroso Consejo de Gobierno, previene sea pasado por las armas”. ¿Cómo, un Consejo de Gobierno dicta una condena a muerte? Dos días después es matado el general Cañas. ¡Es un crimen de Estado!

El régimen pretende justificarse y escarnece la memoria de uno de los Defensores de la Libertad de Costa Rica: alega, leguleyo, que “era general en servicio activo del Gobierno del Salvador; no vino como hijo expatriado de Costa Rica, sino como militar de una potencia extranjera, cuyo servicio no había dejado”. Un testigo, Lorenzo Montúfar, dice: “Cañas es el jefe centroamericano que más trabaja en toda la guerra. […] A su valor militar reúne un carácter suave y afable, que lo hacen querer por la tropa y estimar en alto grado por los jefes de los ejércitos aliados. Aun los más implacables opositores del presidente Mora le tributan elogios”. La verdad es que el general Cañas es ultimado porque “sus enemigos tiemblan de pavor”, dice el historiador Rafael Obregón Loría, al calcular que “desterrado, vuelva enseguida con fuerzas militares a cobrar la muerte” del Presidente Mora.

© Armando Vargas Araya, 2010.


Fuente: Tribuna Democrática


Más:

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