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Desafíos para la presidenta Dilma Rousseff

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Por Leonardo Boff*


Celebramos alegremente la victoria de Dilma Rousseff. Y no dejamos de alegrarnos también por la derrota de José Serra, que no mereció ganar esta elección, dado el nivel indecente de su campaña, aunque los excesos se hayan dado en ambos lados. Los obispos conservadores que, a contravía de la CNBB, se colocaron fuera del juego democrático, y que manipularon la cuestión de la descriminalización del aborto, movilizando incluso al Papa en Roma, así como los pastores evangélicos rabiosamente partidarizados, han quedado desmoralizados.

Post festum, cabe una reflexión distanciada de lo que podrá ser el gobierno de Dilma Rousseff. Nos adherimos a la tesis de aquellos analistas que han visto en el gobierno Lula una transición de paradigma: de un Estado privatizador, inspirado en los dogmas neoliberales, hacia un Estado republicano, que ha puesto lo social en su centro, para atender las demandas de la población más desposeída. Toda transición tiene un lado de continuidad y otro de ruptura. La continuidad ha sido el mantenimiento del proyecto macro-económico, para servir de base a la estabilidad política y exorcizar los fantasmas del sistema. Y la ruptura ha sido la inauguración de sustantivas políticas sociales destinadas a la integración de millones de brasileños pobres, bien representadas por la «Bolsa Familia», entre otras. No se puede negar que, en parte, esta transición se ha dado, pues, efectivamente, Lula ha incorporado socialmente una franja entera de la población a una situación de decencia. Pero, desde el comienzo, los analistas apuntaban el desequilibrio entre el proyecto económico y el proyecto social. Mientras aquél recibe del Estado algunos miles de millones de reales por año, en forma de intereses, éste, el social, tiene que contentarse con mucho menos.

No obstante esta disparidad, el foso entre ricos y pobres ha disminuido, lo que le ha granjeado a Lula una extraordinaria aceptación.

Ahora se plantea la cuestión: ¿profundizará la Presidenta la transición, desplazando el acento en favor de lo social, donde están las mayorías, o mantendrá el desequilibrio en favor de lo económico, de tipo monetarista, con las contradicciones denunciadas por los movimientos sociales y por lo mejor de la inteligencia brasileña?

* Teólogo, filósofo e escritor


Fuente: Adital

Foto: Reuters


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Los medios privados de comunicación en guerra contra Lula y Dilma

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Por Leonardo Boff *

Estoy profundamente a favor de la libertad de expresión por la cual fui castigado con "silencio obsequioso" por las autoridades del Vaticano. A riesgo de ser preso y torturado ayudé a la editorial Vozes a publicar el libro Brasil Nunca Mais, donde se denuncian las torturas usando exclusivamente fuentes militares, lo que aceleró la caída del régimen autoritario

Esta historia de vida me avala para hacer las críticas que hago ahora del enfrentamiento actual entre el Presidente Lula y los medios de comunicación que se quejan de que se menoscaba su libertad.
Lo que está ocurriendo ya no es un enfrentamiento de ideas y de interpretaciones en el uso legítimo de la libertad de prensa. Se está produciendo un abuso de la libertad de prensa porque, previendo una derrota electoral, esos medios han decidido hacer una guerra tenaz contra el Presidente Lula y la candidata Dilma Rousseff. En esa guerra vale todo lo factible: la ocultación de hechos, la distorsión y la mentira directa.

Es necesario dar el nombre de estos poderosos medios. Son familias que, cuando ven contrariados sus intereses comerciales e ideológicos, se comportan como «familia» mafiosa. Son dueños privados que pretenden hablar para todo Brasil y mantener bajo tutela a la llamada opinión pública. Son los dueños de O Estado de São Paulo, A Folha de São Paulo, O Globo y la revista Veja, en los cuales se instaló la razón cínica y lo que hay de más falso y mafioso en la prensa brasilera. Están al servicio de un bloque histórico asentado sobre el capital que siempre explotó al pueblo y que no acepta a un Presidente proveniente de ese pueblo. Más que informar y suministrar material para la discusión pública, pues esa es la misión de la prensa, estos medios empresariales se comportan como un feroz partido de oposición.

En su furia, cual desesperados e inapelablemente derrotados, sus dueños, editorialistas y analistas no tienen el mínimo respeto debido a la más alta autoridad del país, el Presidente Lula. En él ven solamente un peón que debe ser tratado con el látigo de la palabra que humilla.

Hay un hecho que ellos no consiguen digerir en su estómago elitista: aceptar que un obrero, nordestino, sobreviviente de la gran tribulación de los hijos de la pobreza, haya llegado a ser Presidente. Este lugar, la Presidencia, así piensan, les corresponde a ellos, los ilustrados, los entroncados con el gran mundo, aunque no consigan librarse del complejo de no tener personalidad propia, pues se sienten meramente menores y asociados al gran juego mundial. Para ellos, el sitio del peón es produciendo en la fábrica.

Como lo mostró el gran historiador José Honório Rodrigues (Conciliação e Reforma), "la mayoría dominante, conservadora o liberal, ha sido siempre alienada, antiprogresista, antinacional y no contemporánea. El líder nunca se reconcilió con el pueblo. Nunca vio en él una criatura de Dios, nunca lo reconoció, le gustaría que fuese lo que no es. Nunca vio sus virtudes ni admiró sus servicios al país, lo llamó de todo, inútil, bueno para nada, arrasó su vida y después que lo vio crecer le negó poco a poco su aprobación, conspirando para colocarlo de nuevo en la periferia, sitio que sigue pensando le pertenece" (p. 16).

Este es pues el sentido de la guerra que montan contra Lula. Es una guerra contra los pobres que se están liberando. Ellos no temen al pobre sumiso; tienen pavor del pobre que piensa, que habla, que progresa y que hace una trayectoria ascendente como Lula. Como se deduce, se trata de una cuestión de clase. Los de abajo deben quedarse abajo. Pero ocurre que alguien de abajo llegó arriba, convirtiéndose en el presidente de todos los brasileros. Esto para ellos es sencillamente intolerable.

Los dueños y sus aliados ideológicos han perdido el pulso de la historia. No se han dado cuenta de que Brasil ha cambiado. Han surgido redes de movimientos organizados, de donde vienen Lula y tantos otros líderes. Ya no hay lugar para coroneles y para los que se sentían caudillos del pueblo. Cuando Lula afirmo que «la opinión pública somos nosotros», frase tan distorsionada por esos medios rabiosos, quiso enfatizar que el pueblo organizado y consciente arrebató a los medios comerciales la pretensión de ser los formadores y portadores exclusivos de la opinión pública. Tienen que renunciar a la dictadura de la palabra escrita, hablada y televisada y disputar con otras fuentes de información y de opinión.

El pueblo cansado de ser gobernado por las clases dominantes decidió votar por sí mismo. Votó por Lula como representante suyo. Una vez en el gobierno realizó una revolución conceptual, inaceptable para ellas. El Estado no se hizo enemigo del pueblo, sino inductor de cambios profundos que han beneficiado a más de 300 millones de personas. De miserables pasaron a ser trabajadores pobres, de trabajadores pobres pasaron a ser clase media baja y de clase media baja pasaron a clase media. Empezaron a comer, a tener luz en casa, a poder mandar los hijos a la escuela, a ganar mejor salario y, en fin, a mejorar la vida.

Otro concepto innovador ha sido el desarrollo con inclusión social y distribución de la renta. Antes había solamente desarrollo/crecimiento que beneficiaba a los ya beneficiados a costa de las masas destituidas y con salarios de hambre. Ahora se ha dado una visible movilización de clases, generando satisfacción de las grandes mayorías y la esperanza de que todo todavía puede ser mejor. Concedemos que en el gobierno actual hay un déficit de conciencia y de prácticas ecológicas, pero hay que reconocer que Lula fue fiel a su promesa de hacer amplias políticas públicas dirigidas a los más marginados.

Lo que la gran mayoría desea es mantener la continuidad de este proceso de mejora y de cambio. Esta continuidad es peligrosa para los medios empresariales que presencian, asustados, el fortalecimiento de la soberanía popular que se vuelve crítica, ya no manipulable, y con deseo de ser actor de esa nueva historia política democrática de Brasil. Va a ser una democracia cada vez más participativa y no solamente de delegación. Ésta abría un amplio espacio a la corrupción de las elites, daba preponderancia a los intereses de las clases opulentas y a su brazo ideológico que son las empresas de la comunicación. La democracia participativa escucha a los movimientos sociales y hace del Movimiento de los Sin Tierra (MST) -odiado especialmente por Veja, que no quiere ni verlo- un protagonista de los cambios sociales, no solamente con referencia a la tierra, sino también al modelo económico y a las formas cooperativas de producción.

Lo que está en juego en este enfrentamiento entre los medios comerciales y Lula/Dilma es esta pregunta: ¿Qué Brasil queremos? ¿Aquél injusto, neocolonial, neoglobalizado y, en el fondo, retrogrado y envejecido, o el Brasil nuevo con sujetos históricos nuevos, antes siempre mantenidos al margen y ahora despuntando con energías nuevas para construir un Brasil que hasta ahora nunca habíamos visto?

A este Brasil se le combate en la persona del Presidente Lula y de la candidata Dilma. Pero ellos representan lo que debe ser y lo que debe ser tiene fuerza. Triunfarán a pesar de los malos deseos de este sector endurecido de los medios comerciales de comunicación. La victoria de Dilma dará solidez a este camino nuevo, ansiado y construido con sudor y sangre por tantas generaciones de brasileros.

[Publicado y enviado por Servicios Koinonía].


*Teólogo, filósofo y escritor


Fuente: Adital






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Hambre: los alimentos como negocio

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Por: Leonardo Boff

El mundo se está alarmando con la subida del precio de los alimentos y con las previsiones de aumento del hambre en el mundo. El hambre es un problema ético, denunciado por Gandhi: «el hambre es un insulto, humilla, deshumaniza y destruye el cuerpo y el espíritu; es la forma más asesina que existe». Pero también es resultado de una política económica. El alimento se transformó en ocasión de lucro y el proceso agroalimentario en un negocio rentable. Se cambió la visión básica que había predominado hasta la llegada de la industrialización moderna, la visión en la que la Tierra era vista como la Gran Madre. Entre la Tierra y el ser humano se articulaban relaciones de respeto y de mutua colaboración. El proceso de producción industrialista considera la Tierra solamente como baúl de recursos a ser explotados hasta que se agoten.

La agricultura más que un arte y una técnica de producción y de medios de vida se ha transformado en una empresa para lucrar. Mediante la mecanización y la alta tecnología se puede producir mucho con menos tierras. La «revolución verde», introducida a partir de los años 70 del siglo XX y difundida por todo el mundo, quimicalizó casi toda la producción. Los efectos son ahora perceptibles: empobrecimiento de los suelos, erosión devastadora, deforestación y pérdida de millares de variedades naturales de semillas que son reserva frente a crisis futuras.

La cría de animales se ha modificado profundamente debido a los estimulantes de crecimiento, las prácticas intensivas, vacunas, antibióticos, inseminación artificial y clonación.

Los agricultores clásicos han sido sustituidos por los empresarios del campo. Todo este cuadro se ha visto agravado por la urbanización acelerada del mundo, con el consiguiente vaciamiento de los campos. La ciudad demanda alimentos que ella no produce y que dependen del campo.

Existe una verdadera guerra comercial alrededor de los alimentos. Los países ricos subsidian cosechas enteras, o la producción de carnes, para colocarlas a mejor precio en el mercado mundial, perjudicando a los países pobres, cuya principal riqueza consiste en la producción y exportación de productos agrícolas y carnes. Muchas veces, para ser viables económicamente, se obligan a exportar granos y cereales que van a alimentar el ganado de los países industrializados, cuando en el mercado interno podrían servir de alimento para sus poblaciones.

Por el afán de garantizarse lucros, hay una tendencia mundial, en el marco del modo de producción capitalista, de privatizar todo, especialmente las semillas. Menos de una decena de empresas transnacionales controla el mercado de semillas en todo el mundo. Han introducido las semillas transgénicas, que no se reproducen en las cosechas, y que necesitan ser compradas cada vez, con grandes beneficios para las empresas. La compra de las semillas es parte de un paquete mayor que incluye la tecnología, los pesticidas, la maquinaria y la financiación bancaria, atando a los productores a los intereses agroalimentarios de las empresas transnacionales.

En el fondo, lo que más interesa es garantizar ganancias para los negocios, y lo que menos, alimentar personas. Si no se produce una inversión de este orden de cosas, por ejemplo, una economía sometida a la política, una política orientada por la ética y una ética inspirada por una sensibilidad humanitaria mínima, no habrá solución para el hambre y la desnutrición mundial. Continuaremos en la barbarie que estigmatiza al actual proceso de globalización. Los gritos desgarradores de millones de hambrientos suben continuamente al cielo sin que les vengan respuestas eficaces de alguna parte que hagan callar este clamor. Es la hora de la compasión humanitaria, traducida en políticas globales de combate sistemático al hambre.


*El énfasis es nuestro

Fuente: Columna semanal de Leonardo Boff



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Consumo solidario responsable

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Por Leonardo Boff

El consumismo a que ha dado lugar la cultura del capital está en la base del hambre de miles de millones de personas y de la actual escasez de alimentos de la humanidad. Frente a tal situación, ¿cómo debería ser el consumo humano?

En primer lugar, el consumo debe ser adecuado a la naturaleza del ser humano. Ésta, por un lado, es material, enraizada en la naturaleza, y necesita de bienes materiales para subsistir. Por otro lado es espiritual, y se alimenta con bienes intangibles como la solidaridad, el amor, la acogida y la apertura al Infinito. Si estas dos dimensiones no son atendidas, nos ponemos anémicos en el cuerpo y en el espíritu.

En segundo lugar, el consumo necesita ser justo y equitativo. La Declaración de los Derechos Humanos afirma que la alimentación es una necesidad vital, y, por ello, un derecho fundamental de cada persona humana (justicia) y conforme a las singularidades de cada uno (equidad). Si no se atiende a este derecho, la persona se confronta directamente con la muerte.

En tercer lugar, el consumo debe ser solidario. Es solidario aquel consumo que supera el individualismo y se auto-limita por la causa del amor y de la compasión para con aquellos que no pueden consumir lo necesario. La solidaridad se expresa en el compartir, por la participación y por el apoyo a los movimientos que buscan los medios de vida, como tierra, vivienda y salud. Implica también la disposición a sufrir y a correr los riesgos que tal solidaridad comporta.

En cuarto lugar, el consumo ha de ser responsable. Es responsable el consumidor que se da cuenta de las consecuencias del patrón de consumo que practica, si es suficiente y decente, o sofisticado y suntuoso. Consume lo que necesita o desperdicia aquello que va a faltar en la mesa de los otros. La responsabilidad se traduce en un estilo de vida sobrio, capaz de renunciar, no por ascetismo, sino por amor y en solidaridad hacia los que sufren necesidad.

Se trata de una opción por la sencillez voluntaria y por un patrón conscientemente contenido, que no se somete a los reclamos del deseo ni a las solicitaciones de la propaganda. Aunque no tenga consecuencias inmediatas y visibles, esta actitud vale por sí misma. Muestra una convicción que no se mide simplemente por los efectos resultantes, sino por el valor que esta actitud humana posee en sí misma.

Por fin, el consumo debe ser realizador de la integridad del ser humano. Éste tiene necesidad de conocimiento, de forma que consumimos muchos saberes con el discernimiento sobre cuál de ellos conviene y edifica. Tenemos necesidad de comunicación y de racionamientos, y satisfacemos esta necesidad alimentando relaciones personales y sociales que nos permiten dar y recibir, y en este intercambio nos complementamos y crecemos.

A veces esta comunicación se realiza participando en manifestaciones en favor de la justicia, en favor de la reforma agraria, del cuidado del agua potable, de la conservación de la naturaleza... o también viendo un film, asistiendo a un concierto, yendo al teatro, visitando una exposición artística, participando en algún debate.

Tenemos necesidad de amar y de ser amados. Satisfacemos esta necesidad amando con gratuidad a las personas y a los diferentes a nosotros. Tenemos necesidad de trascendencia, de arriesgarnos y de estar más allá de cualquier límite impuesto, de sumergirnos en Dios con quien podemos comulgar. Todas estas formas de consumo realizan la existencia humana en sus múltiples dimensiones.

Estas formas de consumo no cuestan y no gastan energía; presuponen simplemente el empeño y a apertura a la solidaridad, a la compasión y a la belleza.

¿No traduce todo esto aquello que pensamos cuando hablamos de felicidad?


Fuente Visiones Alternativas

El énfasis es nuestro



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¿Cuánto cuesta una puesta de sol?

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¿Cuánto cuesta una puesta de sol?

Por: Leonardo Boff


Un gran empresario estadounidense, estando en Roma, quiso mostrarle a su hijo la belleza de una puesta de sol en las colinas de Castelgandolfo. Antes de situarse en un buen ángulo, el hijo preguntó al padre: «papá, ¿dónde se paga?». Esta pregunta revela la estructura de la sociedad dominante, asentada sobre la economía y el mercado. En ella se paga todo, también una puesta de sol. Todo se vende y todo se compra. Según hizo notar ya en 1944 el economista estadounidense Polanyi, en esa sociedad dominante se operó la gran transformación al conferir valor económico a todo. Las relaciones humanas se transformaron en transacciones comerciales y todo, realmente todo, desde el sexo a la Santísima Trinidad, se vuelve mercancía y oportunidad de lucro.

Si quisiéramos calificarla diríamos que ésta es una sociedad productivista, consumista y materialista. Es productivista porque explota todos los recursos y servicios naturales buscando el lucro y no la conservación de la naturaleza. Es consumista porque si no hay un consumo cada vez mayor tampoco hay producción ni lucro. Es materialista porque su centralidad es producir y consumir cosas materiales y no espirituales como la cooperación y el cuidado. Está más interesada en el crecimiento cuantitativo −cómo ganar más− que en el desarrollo cualitativo –cómo vivir mejor con menos, en armonía con la naturaleza, con equidad social y sostenibilidad socio-ecológica-.

Cabe insistir en lo obvio: no hay dinero que pague una puesta de sol. No se compra en la bolsa la luna llena «que sabe de mi largo caminar». La felicidad, la amistad, la lealtad y el amor no están a la venta en los centros comerciales. ¿Quien puede vivir sin esos bienes intangibles? Aquí no funciona la lógica del interés, sino la de la gratuidad, no la utilidad práctica sino el valor intrínseco de la naturaleza, del cálido paisaje, del cariño entre dos enamorados. En esto reside la felicidad humana.

Alguien tan fuera de sospecha como Daniel Soros, el gran especulador de las bolsas mundiales, confiesa en su libro La crisis del capitalismo global (1998): «una sociedad basada en transacciones solapa los valores sociales; éstos expresan un interés por los demás; presuponen que el individuo pertenece a una comunidad, sea una familia, una tribu, una nación o la humanidad, cuyos intereses tienen preferencia frente a los intereses individuales. Pero una economía de mercado es todo menos una comunidad. Todos deben cuidar de sus propios intereses... y maximizar sus lucros con exclusión de cualquier otra consideración».

Una sociedad que decide organizarse sin una ética mínima, altruista y respetuosa de la naturaleza, está trazando el camino de su propia autodestrucción.

No es de extrañar entonces que hayamos llegado adonde hemos llegado, al calentamiento planetario y a la aterradora devastación de la naturaleza, con amenazas de extinción de amplias porciones de la biosfera y, en último término, hasta de la especie humana

Sospecho que al no romper con el paradigma productivista/consumista/materialista en dirección al cultivo del capital espiritual y al sostenimiento de toda la vida con un sentido de pertenencia mutua entre la tierra y la humanidad, podemos encontrarnos con la oscuridad.

Debemos intentar ser, por lo menos un poco, como la rosa cantada por el poeta místico Angel Silesius (+1677): «la rosa existe sin un porqué: florece por florecer, no se preocupa de sí misma ni pide ser mirada» (aforismo 289). Esa gratuidad es uno de los pilares del nuevo paradigma salvador.


Fuente: La columna semanal de Leonardo Boff


*El énfasis es nuestro

Caricatura: Boligan




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Leonardo Boff en Costa Rica

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Iglesia Luterana Costarricense – ILCO-

y la Corporación Educativa para el Desarrollo Costarricense – CEDECO -


Le invitan a la

Conferencia con el Profesor Leonardo Boff.

"Hacia una ética para un desarrollo sustentable"


Día: Lunes 10 de marzo 2008

Hora: 7.00 pm

Lugar: Oficinas centrales de la Iglesia Luterana Costarricense, 100 metros norte de la Iglesia de Barrio El Carmen de Paso Ancho

Y el Martes 11 estará en la Universidad La Salle 6:00pm



Favor confirmar su asistencia a los teléfonos: 226-1792 y 227-8080

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Toda arrogancia será castigada

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Por Leonardo Boff


Nuestra cultura occidental se caracteriza por una excesiva arrogancia, exacerbada por la tecnociencia con la que domina el mundo. En todo se muestra excesiva: en la explotación ilimitada de la naturaleza, en la imposición de sus creencias políticas y religiosas y, cuando le parece oportuno, en la guerra, llevada a todos los confines del mundo. Esta cultura padece del «complejo-Dios», pues pretende saber todo y poder todo.

En relación con esto, me he acordado de una fábula de Philipp Otto Runge, pintor alemán del siglo XIX, que leí cuando era estudiante en Baviera. Recuerdo que estaba escrita con letra gótica, que yo mismo aprendí a usar en los trabajos académicos para sorpresa de los profesores. Trata de un matrimonio de pescadores. Voy a contarla de nuevo con pequeñas adaptaciones.


Cierto matrimonio vivía en una choza miserable junto a un lago. Todos los días la mujer iba a pescar para comer. Un día sacó con su anzuelo un pez muy raro que no supo identificar. El pez le dijo: «no me mates, que no soy un pez cualquiera; soy un príncipe encantado, condenado a vivir en este lago; déjame vivir». Y ella lo dejó vivir.

Al llegar a casa, le contó lo ocurrido a su marido. Éste, muy astuto, le sugirió: si realmente es un príncipe encantado puede ayudarnos y mucho. Corre, vuelve allí y prueba a pedirle que transforme nuestra choza en un castillo. La mujer, rezongando, fue.

Llamó al pez a voces. El pez vino y le dijo: «¿qué quieres de mí?» Ella le respondió: «tú debes ser poderoso, ¿podrías transformar mi choza en un castillo?». «Tu deseo será cumplido», respondió el pez.

Cuando volvió a casa, se encontró con un imponente castillo, con torres y jardines, y al marido vestido de príncipe. Al cabo de unos días, señalando hacia los campos verdes y las montañas, el marido dijo a la mujer: «Todo esto puede ser nuestro. Será nuestro reino; vete al príncipe encantado y pídele que nos dé un reino».

La mujer se enojó por el deseo exagerado del marido, pero acabó yendo. Llamó al pez encantado y éste vino. «¿Qué quieres de mí ahora?», le preguntó el pez. A lo que la pescadora respondió: «me gustaría tener un reino con tierras y montañas hasta donde se pierde la vista. «Tu deseo será cumplido», respondió el pez.

Y, al volver a su casa, encontró un castillo todavía mayor. Y dentro de él a su marido vestido de rey, con una corona en la cabeza, y rodeado de príncipes y princesas... Y los dos fueron felices durante un buen tiempo.

Pero un día el marido soñó con algo más alto, y dijo: «Mujer mía, podrías pedir al príncipe encantado que me haga papa con todo su esplendor». La mujer se indignó. «Eso es absolutamente imposible. Papa solamente existe uno en el mundo». Pero él le presionó tanto, que finalmente la mujer fue a pedir al príncipe: «quiero que hagas papa a mi marido». «Pues que se cumpla tu deseo», respondió el pez.

Cuando regresó vio al marido vestido de papa, rodeado de cardenales, obispos y multitudes arrodilladas delante de él. Ella se quedó deslumbrada.

Pero pasados unos días, el marido dijo: «sólo me falta una cosa y quiero que el príncipe me la conceda: quiero hacer nacer el sol y la luna, quiero ser Dios». «Eso, el príncipe encantado seguramente no lo podrá hacer», dijo la mujer pescadora. Pero, aturdida después de una grandísima insistencia, fue al lago. Llamó al pez. Y éste le preguntó: «¿qué más quieres de mí?». Ella le pidió: «quiero que mi marido se vuelva Dios».

El pez le dijo: «vuelve a casa y tendrás una sorpresa». Al regresar, encontró a su marido sentado delante de la choza, pobre y todo desfigurado. Creo que todavía hoy los dos deben seguir allí...


Según las tragedias griegas, así sucederá con aquellos que viven de hybris es decir, con excesivas pretensiones. Serán inexorablemente castigados.

¿No será tal vez éste el destino de nuestra civilización?


Fuente Rebelión

Caricatura Boligan




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