El enigma de los médicos en Sardinal

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Por Luko Hilje

Acostumbrados como estamos a que la Campaña Nacional se reduzca y simplifique en extremo, a apenas la batalla de Rivas, e ignorando la batalla de Santa Rosa y los definitorios primeros cuatro meses de 1857, es lógico que desconozcamos del todo la breve pero importante batalla de Sardinal.

Cabe recordar que al inicio de dicha Campaña, desde su convocatoria el 1º de marzo de 1856, primero se sospechó que los filibusteros invadirían nuestro país por Puntarenas, ante lo cual se desplegaron acciones preventivas, a cargo de un batallón selecto al mando del ingeniero militar alemán Alexander von Bülow. Pero, como esto no sucedió así, nuestras tropas se encaminaron hacia Guanacaste, suponiendo que entonces la invasión ocurriría por la frontera con Nicaragua, como en verdad sucedió. Y ya el 20 de marzo, se libraba con éxito total la expedita batalla de Santa Rosa.

Convencidas de sus capacidades y decididas nuestras tropas a perseguir y acabar con el ejército filibustero de William Walker dentro del territorio nicaragüense, ya a inicios de abril penetraban en el vecino país, por su sector occidental. Sin embargo, con buena visión estratégica, de manera simultánea se decidió actuar también en el sector oriental, en un sitio muy distante de donde estaba el grueso del ejército. Esto se hizo puesto que se sospechaba que por ahí podría ocurrir una incursión hacia el interior del país -aprovechando que ese flanco estaba desprotegido-, así como para cortar la comunicación a las huestes filibusteras, que transitaban a sus anchas por el río San Juan.

En realidad, en esa época prácticamente toda la zona norte de Costa Rica estaba cubierta por densos bosques, y la única vía de acceso era la de Sarapiquí, muy útil para quienes venían de Europa, por el ahorro de tiempo, pero sumamente agreste y transitable solo a pie o a caballo. Su primera porción, comprendida entre San Juan del Norte (Greytown), en el Caribe de Nicaragua, y La Trinidad (Hipp´s Point), estaba completamente dominada por el ejército filibustero.

Como La Trinidad está ubicada en la confluencia de los ríos San Juan y Sarapiquí, era un sitio estratégico ideal para los filibusteros, y fue por que se tomó la decisión de atacarlos en dicho lugar. Por ello el presidente don Juanito Mora había ordenado enviar un batallón de 100 alajuelenses, por ser quienes mejor conocían esos parajes. Lo comandaban el general Florentino Alfaro y el teniente coronel Rafael Orozco; el primero, de vasta trayectoria militar y por buen tiempo comandante de plaza en Alajuela, tuvo como hermano a José María, presidente en dos períodos (1842-44, 1846-47).

Llegada la tropa a Muelle, y puesto que se carecía de embarcaciones, para poder alcanzar la desembocadura del río Sarapiquí -distante muchos kilómetros- empezaron a abrir una trocha paralela a dicho río. Sin advertir que los filibusteros habían detectado su presencia, y mientras trabajaban en el estero del río Sardinal -afluente del primero-, en la mañana del 10 de abril de súbito fueron atacados por más de un centenar de hombres comandados por el capitán John M. Baldwin, tanto por el río -en cuatro lanchas grandes y dos pequeñas- como por una columna que se aproximó a pie.

A pesar de que el estero separaba a ambos bandos, el combate fue intenso. Aunque no hubo muchos muertos -las cifras son harto contradictorias en los informes de cada bando, pero en nuestras filas se documentó un muerto, dos desaparecidos y ocho heridos-, lo cierto es que una lancha filibustera fue hundida, y los invasores huyeron hacia La Trinidad. Es decir, se obtenía así el segundo triunfo en menos de dos semanas, como preludio del que se lograría -eso sí, a un precio desmesurado en vidas y sufrimiento- al día siguiente en Rivas. No obstante, dadas las dificultades de comunicación propias de la época, el Estado Mayor del ejército no se enteraría de esto sino varios días después.

Lamentablemente, uno de los heridos fue el general Alfaro, víctima de un balazo en la parte superior de su brazo derecho. Dada la gravedad de la herida y expectante ante un posible contraataque filibustero, delegó en Orozco la jefatura de la tropa y se dirigió hacia Muelle, donde había permanecido el médico del ejército; la tropa se asentaría en La Virgen y después en Cariblanco.

¿Quién era ese médico y cómo respondió ante esta emergencia? ¡Vaya uno a saberlo! Aunque en los partes de guerra era habitual consignar sus nombres, aquí no ocurrió así. Por ejemplo, en el primer parte -suscrito por Orozco ese mismo día- preocupado indica que Alfaro y las otras víctimas, más el teniente Evaristo Fernández y el cirujano, regresaron al interior junto con una escolta, mermándose así su tropa. Además, al elogiar a los más destacados combatientes, expresó “el celo con que el señor Cirujano nos ha acompañado en nuestra campaña”.

Dos días después, el Gobernador de Alajuela Joaquín Méndez emitía un parte dirigido al Ministro de Guerra -con base en otro recibido del capitán Francisco González, miembro del batallón- en el cual, sin agregar nada sobre el médico, indicaba que era muy posible que debiera practicarse una amputación al general Alfaro. En respuesta, el ministro Manuel José Carazo, además de alabar a los combatientes y asignarles el capellán que habían solicitado, pide al Gobernador preocuparse por la salud de Alfaro y “que se omita, si es posible, la amputación de su brazo”. Para rematar, por iniciativa del vicepresidente Francisco María Oreamuno, le instruye para que “establezca en esa ciudad un hospital de sangre, en donde deben ser curados, al cuidado del Dr. Frantzius, a expensas del gobierno y con el mayor esmero, los heridos que vengan de Sarapiquí”.

Esto indica que el Dr. Alexander von Frantzius estaba en ese momento Alajuela, adonde había residido desde 1854, cuando llegó al país junto con su compatriota Karl Hoffmann. Como en los últimos años he seguido de cerca la vida de estos dos médicos y naturalistas alemanes, también me he interesado en estudiar la participación de todos los cirujanos en la Campaña Nacional, en cuya primera etapa Hoffmann fungió como Cirujano Mayor del Ejército Expedicionario.

La verdad es que, por un tiempo, supuse que von Frantzius podría ser el médico que estuvo en Sardinal desde el principio. Un poco desencantado de no poder documentar esto, casi me daba por vencido, hasta que hace pocas semanas y de manera providencial hallé una valiosa pista. En el libro “Cosas y gentes de antaño”, el célebre historiador Ricardo Fernández Guardia incluyó un artículo sobre don José María Alfaro -quien, por cierto, moriría de cólera en junio de 1856-, en el que en tres renglones alude a la grave herida de su hermano Florentino en Sardinal.

Como ahí cita correspondencia de don José María a la cual él tuvo acceso, la busqué esperanzado en los Archivos Nacionales, pero de manera infructuosa. Sin embargo, mi desencanto se disiparía hace apenas dos días, cuando me topé con el libro “Espigando en el pasado”, del mismo autor, en el que dedica un revelador artículo a don Florentino. Ahí se indica -por testimonio del propio don José María-, que el anónimo médico de Sardinal consideraba inevitable amputarle el brazo, para lo cual lo decidió remitirlo a Alajuela, pero enterado él de tan seria situación se vino desde dicha ciudad con von Frantzius, quien topó al herido en La Virgen y logró curarlo de manera oportuna.

En síntesis, aparte de este meritorio hecho y del hospital de campaña que atendió en Alajuela, no obstante padecer de una enfermedad pulmonar, días después llegaría a Rivas para auxiliar a su amigo Hoffmann, de modo que este notable médico y sobresaliente naturalista se convertiría en un destacado participante en nuestra Guerra Patria. Ocultos entre las brumas del pasado, a 153 años de ocurridos estos hechos hoy los rescato, para expresarle así nuestra infinita gratitud.


Fuente Tribuna Democrática

Imagen tomada del libro "Los soldados de la Campaña Nacional(1856-1857)" del historiador Raúl Francisco Arias.


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