De mitos y monstruosidades

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Por Luis Paulino Vargas Solís

Soy consciente de que este artículo no debería ser escrito. Y que, de serlo, en todo caso debería quedar confinado al lugar menos visible, al más oscuro. Dice de cosas que, en general, se prefiere no pronunciar y acerca de las cuales se querría que ni tan siquiera existan

¿Por qué esto levanta tantas suspicacias y suscita odios y hace proliferar las miradas de desdén o las sonrisas burlonas, a veces la agresión directa y en otras la condena pronunciada entre susurros? ¿A qué se debe que la mayoría de la gente enfrente esto, no se diga con intolerancia, sino más bien con temor?

Al fin y al cabo, si alguien está seguro de lo que es, no debería sentirse atemorizado por lo que es diferente de sí mismo, excepto que eso distinto se le quiera imponer como obligación, cosa que, sin duda, no es el caso del cual me ocupo. Y en una sociedad democrática ¿por qué se vuelve tan difícil respetar eso distinto? Y, en particular, y tratándose de religiones que se dicen basadas en el amor al prójimo ¿por qué tal facilidad para dar rienda suelta al odio?

Hablaré de un fenómeno tan viejo y tan humano como el ser humano mismo: la homosexualidad. Como es sabido, este un término de reciente acuñación. Homero jamás lo usó cuando escribía del amor entre Aquiles y Patroclo. Tampoco el autor bíblico para referirse a David y Jonatán.

Mientras enseñaba, Sócrates lo vivía sin reprimirlo, al igual que Alejandro Magno mientras conquistaba tierras extrañas y derrotaba ejércitos enemigos. En etapas más recientes de la historia humana, personajes tan insignes como Tchaicovsky y Oscar Wilde pagaron un precio altísimo por ser lo que eran. Y así hasta el día de hoy, donde a tantas personas se le siguen cercenando, mediante violencia socialmente concertada y legitimada, retazos sustanciales de su ser y de su dignidad.

Cosa extraña, pues. Miles de años atrás, había sociedades donde la cosa era vivida con naturalidad, sin que nadie se sintiera amenazado. Pasado el tiempo, surgieron y crecieron los mitos. Donde antes tan solo existía un rasgo de la diversidad humana, ha terminado por instalarse un monstruo que atemoriza.

El odio y el rechazo es cosa que quienes lo ejercen prefieren negarlo. Es decir, agreden con un mazo al mismo tiempo que aseguran que están abanicando con perfumadas plumas de avestruz. Visten ese odio con ropajes diversos. En general, sin embargo, no pasan de ser ropajes andrajosos que pretenden fingirse trajes de gala. Ocurre lo usual: un odio irracional tan solo puede sostenerse con base en justificaciones miserables que, en realidad, simplemente son otra manifestación -una más- de ese mismo odio.

Decir, por ejemplo, que la homosexualidad es antinatural y que, en consecuencia, la heterosexualidad es lo único natural. Eso equivale a decir que ésta surge de la biología y la primera es inventada artificialmente.

Lo único cierto es que una y otra son naturales en el sentido de que existen porque existen, como un rasgo que una persona tiene o no tiene, independientemente de su voluntad, del ambiente familiar en que creció, de sus experiencias infantiles o su educación religiosa. Una persona es homosexual o bisexual o heterosexual como es bajita o alta; gordita o flaca; blanca o negra o morena. Simplemente es lo que esa persona es. Y, sin duda, nadie debería ser maltratado por ser lo que es.

Decir, también, que la homosexualidad, y en particular las parejas del mismo sexo, atentan contra la familia, como “unidad básica y natural” de la sociedad. Para empezar, la familia no tiene absolutamente nada de natural. Es una creación cultural y, por ello mismo, la historia de la humanidad ha conocido una grandísima variedad de formas de familia.

Pero, además, es perfectamente falaz hablar de “familia” en singular. Hoy mismo, en esta Costa Rica del siglo XXI, tal cosa no existe. Ya ve usted como, de un tiempo para acá, la gente anda de lo más creativa, inventado una amplísima gama de formas de familia. Está el señor que, junto a su compañera, cría los hijos de ésta, que no son suyos, y los suyos propios, que no son de ella.

O la mujer -¡cuántas valientes mujeres!- que cuida de sus retoños sin un calzonudo a la par. Y las parejas que no quieren hijos. O la personas que quieren vivir solas y, solitas, son cada una de ellas su propia familia. La gente se casa o se junta y se divorcia o se separa y se vuelve a casar o se vuelve a juntar… o no lo hace.

“La” familia -presunta unidad básica y natural de la sociedad- es, cada vez más, tan solo una evocación nostálgica de quienes siguen soñando con un orden patriarcal autoritario y jerarquizado que impone la regla de la heterosexualidad obligatoria.

La gente, aún sin darse cuenta, cotidianamente pisotea y hace trizas ese mito. Y, sin duda, esas diversas formas de familia son, todas ellas, merecedoras de respeto y, en consecuencia, merecedoras de la protección de la ley ¿Por qué entonces se le niega eso tan básico a las familias formadas por parejas del mismo sexo?

Parte de la cosa tiene que ver con el fantasma medio diabólico de parejas del mismo sexo inestables, infieles y hasta promiscuas. La cosa da risa, tan solo con constatar qué tan fieles son hoy las parejas heterosexuales. Que, en realidad, jamás lo fueron demasiado, ya que, en las sociedades burguesas, y a lo largo de mucho tiempo, no era infrecuente que el patriarcado hiciese del matrimonio una mampara que vestía con trajes de santidad las correrías extramaritales del esposo.

Y si de estabilidad se trata ¿no dice cierto homofóbico abogado, experto en el llamado derecho de familia, que la tasa de divorcio anda en el 80%? (conste, lo dijo él y lo dijo en la autodenominada La Nación). Hay muchas parejas heterosexuales estables, que se aman con devoción y son fieles. Pero muchas otras no actúan así. Y, cosa interesante, exactamente lo mismo ocurre con las parejas del mismo sexo. A veces son inestables e infieles; a veces son perdurables y fieles, cosa aún más meritoria, puesto que tienen que bregar con un ambiente social que las hostiliza y condena.

Resulta interesante constatar que, también en este aspecto, la homosexualidad resulta muy similar a la heterosexualidad, asunto que a nadie debería extrañar, puesto que, al fin y al cabo, son seres humanos los que, en uno y otro caso, están involucrados. Así es, simples seres humanos, no ángeles pero tampoco diablos.

La cosa se pone amarillista cuando se recurre al terrorismo ideológico mediante la asimilación de la homosexualidad con toda suerte de aberraciones fantasmagóricas. Que ser homosexual es ser pederasta abusador de menores de edad. Que reconocer legalmente a las parejas del mismo sexo equivale a reconocer la poligamia o la poliandria o cualquier suerte de relaciones incestuosas.

La cosa no soporta confrontación alguna con la realidad, empezando por el hecho evidente de que la gran mayoría de los pederastas son reconocidamente heterosexuales. Y esto no insinúa, ni mucho menos, ninguna relación entre heterosexualidad y pederastia, sino que tan solo llama la atención sobre un dato de la realidad: la gran mayoría de la gente es heterosexual, por lo que también lo son la mayoría de los pederastas. Y, por lo demás, la vinculación que se quiere establecer entre parejas del mismo sexo y poligamia, incesto, etc. refleja o una ignorancia verdaderamente trágica o una mala intención verdaderamente siniestra.

Las parejas del mismo sexo son nada más que eso: dos personas adultas que se aman, quieren construir en conjunto su vida y su futuro y piden que la sociedad les reconozca el derecho a hacerlo y los admita como parte de una comunidad de hombres y mujeres iguales ante la ley en sus responsabilidades, pero también en sus derechos.

Las lindezas no se agotan aquí. Que de reconocerse la homosexualidad la humanidad desaparecería ya que cesaría la reproducción. Cosa absurda tan solo con que se recuerde que se está hablando de un reclamo formulado por parte de una minoría que simplemente pide el derecho de vivir con dignidad y la cual, por cierto, e independientemente de su orientación sexual, conserva intacta su capacidad de reproducción. El restante noventa y tanto por cierto de la gente, podrá seguir tan heterosexual como le plazca y teniendo tantos retoños como se le acomode.

O que un niño o niña criado por una pareja del mismo sexo será, por ese solo hecho, homosexual. Aquí el prejuicio se expresa por partida doble: primero, al afirmar que ser homosexual es ser un monstruo indeseable; y segundo al afirmar una relación falaz. Lo cierto es que, casi sin excepción, todos los hombres y mujeres homosexuales que existen provienen de familias asentadas en relaciones heterosexuales. Solo una lógica retorcida y enfermiza puede pensar en que la orientación sexual de los padres determina a priori la orientación sexual del retoño.

Dejémoslo ahí. Ya se que este artículo no debió ser escrito y que, una vez escrito, debería quedar confinado al lugar más oscuro y recóndito. Pero aquí está. Alguna gente podría sentirse molesta porque se diga lo que aquí está dicho. Y quizá querrán resolverlo con una buena andanada de insultos. ¡Qué lástima que el odio fluya con tanta facilidad y, en cambio, resulte tan difícil que en el mundo haya un poco de respeto y al menos un respiro para el amor!


Fuente Tribuna Democrática


El énfasis es nuestro




2 comentarios:

Alejandro Trejos C. dijo...

Excelente articulo, una lección por demas

El Chata dijo...

El género, la noción de matrimonio y la modalidad tradicional de unión sexual que tenemos son construcciones sociales.

Creo que cualquier persona con un poco de sentido común sabría que ninguno de estos valores (?) son estáticos ni eternos.

Dejarlos ser y transformarse con el tiempo es lo más sensato que una persona puede hacer. Pero bueno, siempre hay necedades.

 

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