Amor de madre y política tradicional

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Por Dorelia Barahona


Las madres a veces tenemos arrebatos. Impulsos amorosos que nos lanzan a la defensa de los hijos y de la familia, y está bien que sea así, pero con cautela. De lo contrario cada madre saldría a la defensa de cada funcionario, de cada empleado, de cada marido, de cada cura y así hasta la última madre viva en el sistema solar.

La defensa pública del proceder que hace la madre del ex canciller me recuerda cuan pernicioso puede ser el rol de madre en la toma de responsabilidad de los hijos en el mundo real.

Cuando crecemos no se trata de hacer las cosas bien o mal dentro de una casa, se trata de ser individuos libres en una sociedad con sus reglas y sus castigos y lejos, muy lejos, ¡de la salvada paterna y materna! Lejos, muy lejos del amor incondicional de la figura materna que suele acomodar los hechos entre los almohadoncitos que aun guarda de la cuna de sus hijos, que aunque crecidos siguen siendo sus bebés.

Ante el artículo que escribe la madre, pareciera que el ex canciller de cuarenta años, tiene más bien que dedicarse ahora a liberarse de tanto deber familiar como “estudiante ideal”, salir del mutismo personal y empezar a aprender de sus errores como le tocó a Kevin Casas. Desarrollar el nivel de frustración en los hijos varones es algo que cuesta mucho que faciliten las madres muy presentes y los padres medio ausentes.

Un arrebato sostenido de madres solas es el clima de este país, que educa varones chineados y mujeres mandonas, arrebato que hace que los hombres sean niños por sécula seculórum y las mujeres madres por los siglos de los siglos… y da pena que ni la mujer pueda ser niña un rato más, ni el hombre, adulto autónomo, durante el tiempo más importante de su vida y de sus responsabilidades civiles.

Al fin y al cabo lo dijo Gibrán hace mucho. Los hijos no son nuestros.


Fuente La Prensa Libre

Foto Priscilla Mora


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